ANORA (2024)
El cine de Sean Baker siempre me ha interesado especialmente por su capacidad para poner patas arriba el mito del sueño americano mezclando humor, crudeza y una humanidad incómoda que rara vez busca el consuelo del espectador.
La película puede leerse sin darle muchas vueltas a la cabeza como una versión oscura y anti-hollywoodiense de Pretty Woman. Donde aquella ofrecía fantasía, redención y ascenso social, Anora propone drama, precariedad y una realidad alejada del relato romántico. Baker juega con las expectativas del espectador, las utiliza a su favor y luego las dinamita sin piedad.
El ritmo es frenético, casi agotador por momentos, gracias a que el grueso de su historia sucede en apenas 24 horas. Hay mucho estrés, mucha urgencia, mucha gente crispada y nerviosa... Era como ver un capítulo de The Bear por momentos, con 4 o 5 personajes gritándose al mismo tiempo.
A nivel interpretativo, el reparto está soberbio. Las actuaciones transmiten mucha verdad. Te los crees a todos ellos y Mikey Madison está a otro nivel. Todo se siente orgánico, sucio cuando tiene que serlo, y sorprendentemente gracioso en los momentos más inesperados. El humor, como suele ocurrir en el cine de Baker, nace del choque entre la situación y la realidad, no del chiste fácil.
El final en un primer momento no lo digerí bien. Resulta abrupto, incómodo y deliberadamente poco complaciente. Sin embargo, cuanto más vueltas le he dado, más sentido le encuentro. Es un cierre que no busca satisfacer, sino reafirmar el discurso de la película, dejando al espectador con una sensación extraña, casi amarga, pero coherente con todo lo anterior.