El “sin parar” rompe justo lo que Morrison construye, una letanía a ritmo de tambor. Bum, bum, bum.
El original funciona por la cadencia repetitiva, “The monkeys are screaming. And screaming, and screaming...”, no por cerrar con un golpe final. Por eso el añadido sobra. La fuerza está en el ritmo, en la repetición obsesiva.