Sigo con mi periplo por el existencialismo, en esta ocasión con la lectura de
El Extranjero de Camus. Se trata de un clásico pequeñito y accesible que toca un buen número de temas, tal vez demasiados para discutirlos ahora porque, un poco como al protagonista, me da pereza comentarlo

Diré en su lugar cosas cortas.
La primera es que es un gustazo de leer por la excelente prosa.
La segunda es que me parece un libro algo sobrevalorado aunque solo sea porque el club del libro noruego ese mete a esta obrita como una de las cien mejores contribuciones de la historia de la literatura.
La tercera es que sigo sin entender bien a estos existencialistas franceses. Me pasó hace poco con Sartre y la Náusea. Su especialidad es presentar personajes irreales por exagerados. Son siempre sujetos contemplativos e indiferentes caracterizados por la anhedonia más absoluta, a los que todo les da igual. Su punto, como dirían los ingleses, es presentar que nada tiene sentido.
Muy bien, pero el existencialismo nunca ha sido, en su noción más sintética, necesariamente pesimista. El existencialismo lo que dice es que la existencia precede a la esencia, es decir, que no hay un sentido en sí en la existencia, pero al mismo tiempo que somos nosotros los que tenemos que darle sentido. Es una máxima que aplico cada día pues comparto esta premisa (sin ser otra cosa que una creencia más, como otra cualquiera, y con la misma validez que cualquier otra, como la de quien cree en Dios), pero eso no me impide llegar a la conclusión personal de que mi vida es francamente significativa y que, precisamente por eso, tiene un sentido que está de puta madre

Por eso nunca entendí esa necesidad de hacer casos extremos de gente pasiva y pazguata a la que me dan ganas de darle con la mano abierta un buen bofetón para que espabilen

Estos franceses bohemios me tienen hasta el rabo

El libro, por lo demás, se divide en dos partes claramente diferenciadas, siendo la segunda, con mucho, la más interesante. La primera se limita a presentar una existencia absurda e indiferente del personaje y prepara el terreno para el desencadenante de la segunda, que ya plantea otros temas diferentes, tal vez indicados más para leguleyos y gente en general, aficionada a los juicios.
Encuentro esta parte objetivamente interesante pero diré que a mí no me ha aportado nada nuevo ni me ha enseñado nada aunque entiendo que en su momento pudo aportar reflexiones bastante profundas y acertadas.
Y en fin, esto es todo amigos.
Me leeré, pese a todo, La Caida.