Sorda (2025)
Nominada a mejor película por los Goya. Me ha tocado muy de cerca, no solo por lo que cuenta, sino por cuándo lo cuenta dentro de la vida de su protagonista. El retrato del día a día de una mujer sorda en plena primera etapa de la maternidad me ha resultado profundamente empático, hasta el punto de involucrarme emocionalmente mucho más de lo que esperaba, en gran parte por vivencias propias.
La película acierta de lleno al mostrar cómo un momento vital que ya de por sí puede ser abrumador, agotador y contradictorio (la maternidad) se convierte en algo todavía más complejo cuando reaparecen barreras que parecían superadas. Hay algo especialmente demoledor en cómo la protagonista vuelve a sentirse “discapacitada”, no tanto por su sordera en sí, sino por un contexto que deja de estar adaptado, que exige respuestas inmediatas y que no siempre concede margen para el error.
No se busca el dramatismo impostado. Todo se construye desde lo cotidiano, desde pequeños gestos, silencios y frustraciones acumuladas que van pesando cada vez más. Resulta imposible no reconocerse de una forma u otra en ese estado emocional.
Las interpretaciones son buenísimas, muy creíbles y llenas de matices. Eso es fundamental para que una historia tan íntima funcione.
Es una película que no busca gustar a todo el mundo, pero que, si te encuentra en el momento adecuado, te atraviesa de lleno como me ha sucedido.