La Odisea (2026)
Una película de Nolan siempre será una película de Nolan. También cuando adapta La Odisea, una de las obras más influyentes de la historia. Ahí están su montaje fragmentado, la BSO constante, el gusto por los efectos prácticos y esa obsesión por hacer que todo parezca tangible. Me chifla la mitología griega y he disfrutado mucho viendo cómo lleva a la pantalla elementos tan icónicos como el Cíclope, el asalto a Troya o el viaje al Hades. Son secuencias visualmente muy potentes y alguna roza el terror.
También me ha parecido interesante el paralelismo que establece, de forma más o menos explícita, entre su Odiseo y su Oppenheimer. “Héroes” marcados por el peso de sus mayores logros. En un caso, la creación de la bomba atómica; en el otro, la idea del caballo de Troya. Dos victorias que arrastran una montaña de muertos y convierten el éxito en una carga imposible de soportar. La culpa y los remordimientos carcomen a estos hombres. Me gusta mucho que, desde ahí, la película termine construyendo un discurso antibelicista.
Ahora bien, por preferir prefiero la miniserie La Odisea (1997), porque abrazaba sin complejos toda la magia y fantasía de la mitología griega. Y por otro, Troya (2004), que hacía lo contrario: eliminaba prácticamente lo sobrenatural para construir una gran película bélica. O un lado u otro. Nolan se queda en el medio. Quiere que existan los dioses, los monstruos y la fantasía del relato, pero también intenta que todo resulte terrenal y creíble dentro de su propio lenguaje cinematográfico. Esa “fantasía vs realismo” hace que se zancadillee a sí mismo por momentos.
Aún con ese “Pero”, me ha parecido otra demostración del enorme talento de Nolan para apropiarse de cualquier historia y hacerla suya. Puede gustar más o menos el resultado o el mismísimo director, pero sales del cine contento y con la sensación de que ha merecido la pena pagar una entrada, que no es poco.