Ventilada la serie.
Me ha gustado mucho más de lo que esperaba. No tanto por su faceta superheroica, que es casi lo de menos, sino por lo refrescante que resulta su enfoque dentro de este género: una serie que cuenta cine dentro del cine, ficción sobre la ficción, y a usar el universo Marvel como telón de fondo para hablar de la propia industria del entretenimiento. Ese tipo de propuestas me encantan, como ya ocurría con The Studio (salvando muchísimo las distancias, claro).
Me gusta que se respete la faceta actoral de Simon Williams como en los cómics. Me parece un pooc más ''trágico'' que divertido, pero será cuestión de verle tomarse unas cervezas con La Bestia
En lugar de convertirlo en otro héroe genérico con conflictos de identidad, la serie explota su condición de actor, su inseguridad profesional y su relación con el artificio constante del mundo del espectáculo. La trama se mueve más entre rodajes, egos, contratos y decorados que entre batallas épicas. Mola.
El rescate del personaje de Trevor Slattery es otro de los puntos fuertes. Ben Kingsley está carismático y entrañable, hasta el punto de que acabas cogiéndole un cariño real. Quién me lo iba a decir a mí, que le odié mucho en Ironman 3 por su nefasto giro. La relación de amistad entre Simon y él se convierte en el verdadero corazón emocional de la serie.
Quizá su mayor “problema” es que llega en un momento extraño. Probablemente habría sido todavía más jugosa hace unos años, cuando el género superheroico estaba en su punto más alto y la sátira sobre su maquinaria interna habría tenido más chicha. Aun así, precisamente ahora se agradece una propuesta que no intente competir en épica, sino ofrecer algo diferente.
En conjunto, serie simpática y muy agradable de ver, que demuestra que aún hay margen para explorar el universo Marvel desde ángulos poco transitados. Una pequeña sorpresa dentro de un panorama que ya parecía agotado.