Es que lo de Xavier olía ya desde el inicio, en los sesenta. A los pocos números iba enseñando la pata con muchísimos detalles en los que se veía claramente que no solo no era un santo, sino que se la pelaba la integridad o la privacidad de sus alumnos, y que hacía cualquier cosa que él pensara necesaria justificándola con su propia ética personal.
Recordemos que no tenía mucho problema en cambiar recuerdos o trastocar mentes por mucho que dijera, que engañó a sus alumnos para que pensaban que estaba muerto sin contarles su plan real, que fantaseaba con su alumna, que no aceptaba quejitas ni sugerencias y ladraba órdenes como un sargento sin pedir la opinión de nadie, y si no te gustaba, ahí estaba la puerta. Que ya dejó salir un lado oscuro con el Dark Xavier (con lo que Waid construyó su historia sobre la base de las pajas mentales -tal cual- con Jean y la aparición de aquel reflejo tenebroso), que fue un cabrón con Gabrielle Haller, con su hijo, David, que no lo soporta, con Moira, con cada tía que entró en su vida, que tampoco se lo pensó mucho en dejar a Magneto gagá, ni en pedirle a Moira que le reescribiera el ADN.
Que es un suma y sigue de mil cosas. Y a Scott se las hizo pasar putas con ese rollo pasivo-agresivo de figura paterna que así se quedó el pobre de tocado.
Y todo eso fue mucho antes de la cucaracha bermellón.
Vaya. Que la respuesta a cómo de cabrón es Xavier, es: SÍ.

Lo gracioso es que dentro de su cabeza conviven decenas de versiones de Xavier: el profesor preocupado, el déspota, el humanista, el megalómano, el pacifista, el general, el padre, el tirano... y todas son Xavier.
Yo creo que el tío es bipolar. Por eso lo interpretó James McAvoy.