Muy buen final, me gusta lo sutil y lo alegórico de gran parte del capítulo.
Grandes diálogos, y escenas como la de los caballos separándose, son las que te dan el tono de dónde tiene la cabeza esta serie. Me ha encantado la escena.
Es el final de A todo gas

Dicho lo cual, la serie me ha encantado. En parte, porque ha sabido sorprenderme desde el tono. Arranca de una manera inesperadamente humorística y desenfadada, con una ligereza que contrasta con la solemnidad y la épica oscura a la que nos tiene acostumbrados el universo de Juego de Tronos.
Hay una desmitificación constante del ideal caballeresco. La serie muestra torneos, aspiraciones y códigos de honor, pero lo hace con una mirada ágil, relajada e incluso con un punto soez. Pero lo interesante es que, casi sin darte cuenta, la historia empieza a endurecerse. Lo que parecía una aventura ligera se va tiñendo de matices más serios. Las decisiones pesan más, las consecuencias son reales y la inocencia inicial empieza a resquebrajarse. Poco a poco, la serie se va pareciendo más a ese mundo de cabrones que define a Juego de Tronos, donde el honor no siempre protege y la política lo ensucia todo.
Ese cambio de tono está muy bien medido. No hay ruptura brusca, sino una transición natural que hace que la serie gane profundidad sin perder su encanto inicial. Además, la química entre los protagonistas sostiene todo el relato con mucha naturalidad.
Pues eso, una serie genial, que amplía el universo de Poniente desde un ángulo distinto sin renunciar a la dureza que lo caracteriza. Una propuesta fresca dentro de una franquicia que ya parecía haberlo contado todo.