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Autor Tema: Nuestros Escritos (trabajos literarios de los foreros)  (Leído 1362 veces)

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Desconectado josé luis

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Nuestros Escritos (trabajos literarios de los foreros)
« en: 09 Marzo, 2017, 22:31:35 pm »
 :bouncing: Si no está bien lo quito, que llevo toda la tarde esperando :lol:
« última modificación: 13 Marzo, 2017, 21:16:24 pm por BRINCO »

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Re:Nuestros Escritos
« Respuesta #1 en: 09 Marzo, 2017, 22:33:02 pm »
Pero adorna un poco el primer mensaje. Por lo menos saber de que va el hilo.  :lol:

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Lo dicho. Voy a meter 4 relatos cortos.
« última modificación: 14 Febrero, 2018, 23:59:27 pm por josé luis »

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Voy a borrar los primeros porque los he descartado.
« última modificación: 15 Febrero, 2018, 00:01:14 am por josé luis »

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« última modificación: 15 Febrero, 2018, 00:01:54 am por josé luis »

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« última modificación: 15 Febrero, 2018, 00:02:29 am por josé luis »

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Tiene buena pinta el hilo. Me apunto y en cuanto pueda le echo un vistazo a esos relatos Jose Luis.


Siempre vengadores.

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Yo me he puesto al día, pero esperaré por el resto de relatos.  :birra:

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Felinos -transcripción de una conversación telefónica-




CARLOS: ¿Quién es?
BRINCO: (Empieza a toser) Soy “Brinco”.
CARLOS: ¿Oiga?
BRINCO: Llamaba por el anuncio del periódico.
CARLOS:  (Resopla) ¿Ha visto mi gato?
BRINCO: La ignorancia, la pereza y la inmoralidad son los ingredientes idóneos que califican a un legislador. Las leyes las explican, las interpretan y las aplican mejor aquellos cuyo interés y actitudes se orientan a tergiversarlas, confundirlas y eludirlas.
CARLOS: (Molesto) ¿De qué habla?
BRINCO: Estoy leyendo al gato “Los Viajes de Gulliver”.
CARLOS: (Sarcástico) Perfecto.
BRINCO: (Jovial) Acabo de servirle un cuenco de leche al pobre cabroncete... Le he visto solo y sin casa y he pensado que habría discutido con alguna puta gata.
CARLOS: (Nervioso) ¿Dónde está?
BRINCO: Lo tengo aquí conmigo, no se preocupe.
CARLOS: ¿Seguro que hablamos del mismo animal?
BRINCO: Pequeño, ojos marrones, pelo anaranjado...
CARLOS:  (Desconfiado) ¿Lleva collar?
BRINCO: Sí, uno rojo... Con un colgante plateado en forma de corazón. O de vagina, no se distingue.
CARLOS: Lea lo que hay grabado, por favor.
BRINCO: ¿Quiere que se ponga y habla con él?
CARLOS:  ¿Con quién, con el gato?
BRINCO: Sí.
CARLOS: ¿Podemos quedar ahora?
BRINCO: Ahora no me viene bien.
CARLOS: ¿Y esta tarde? ¿Oiga?
BRINCO: Esta tarde tampoco.
CARLOS: (Forzando el tono.) ¿Entonces cuándo?
BRINCO: Quiero una recompensa por él.
CARLOS: ¡No tiene gracia!
BRINCO: Había pensado que 10.000 pesetillas de mierda estaría bien. No quiero abusar.
CARLOS: ¡Y yo he pensado que voy a colgarle!
BRINCO: Hágalo y no volveré a llamar.
CARLOS: (Tras una pausa de varios segundos) Mejor nos tranquilizarnos, ¿le parece?
BRINCO: Lo quiero todo para hoy, ¿le parece a usted?
CARLOS: ¿Está chiflado, no voy a darle nada!
BRINCO: Estoy hambriento.
CARLOS: (Burlándose.) ¡Pues coma algo!
BRINCO: La segunda cosa que más detesto: Un tipo haciéndose el gracioso.
CARLOS: Lo siento.
BRINCO.: ¿Lo siente?
CARLOS: Respecto a la recompensa...
BRINCO: Soy todo oídos, Carlos.
CARLOS: No tengo ese dinero.
BRINCO: (Como si lo estuviese apuntando.) No-tiene-ese-dinero. ¿Y qué propone?
CARLOS: Trabajar... ¿Sabe qué es?
BRINCO: ¿Y no poder hacerlo, lo sabe usted?
CARLOS: ¿Ha creído que por raptar un animal doméstico van a  ofrecerle  un puesto de
trabajo?
BRINCO: No sea más idiota de lo que todavía aparenta, haga el favor, Carlitos...  Digamos que estoy  pasando  una  racha de mierda y necesito el dinero.
CARLOS: Voy a llamar a la policía.
BRINCO: Adelante, cuente lo de su animalito, estas historias enternecen  a cualquiera.
CARLOS: Si tuviese pruebas lo haría.
BRINCO: Paciencia...
CARLOS: ¡Estoy empezando a perderla!
BRINCO: ¿Sabe qué decía ella? 
CARLOS: ¡Quiero mi gato!
BRINCO: No exactamente... Decía  que  yo  estaba  mal  de  la  cabeza. Pero  hace  seis  años  que  nos  separamos y aún pretende que la mantenga. ¿No es increíble? ¿Oiga?
CARLOS: No tengo nada qué decir.
BRINCO: Y lo hago, ¿sabe?  Todos los meses.
CARLOS: No me interesa.
BRINCO: Hasta ayer, día uno.
CARLOS: Le digo que no es asunto mío.
BRINCO: Y yo le estoy preguntando qué sentido tiene continuar respirando cuando una  persona a quien ya no me une nada recibe más de la mitad de mi salario. Hasta la puta casa se ha quedado la muy zorra. (Silencio) ¿Está casado?
CARLOS: No.
BRINCO:-Sí lo está.
CARLOS: Se equivoca.
BRINCO: Conozco a su mujer.
CARLOS: No le creo.
BRINCO: De vista nada más.
CARLOS: (Inquieto.) Será mejor que demos este asunto por zanjado.
BRINCO: (Deja escapar una risita.) Zanjado, dice. Habla como en las películas.
CARLOS: ¡No meta a mi mujer en esto!
BRINCO: ¡Son ellas las que no me dejan a mí!
CARLOS: Tiene un problema.
BRINCO: ¿Uno?
CARLOS: Habla  de  sí  mismo  y  de  su  vida  y  trata, no sé  qué  demonios pretende 
conseguir, la verdad... Todo  el  mundo  no  es  igual. Hay  gente  buena. ¿Entiende eso?   ¡Gente buena!
BRINCO: (Sin mucha convicción.) Lo escribiré en un papel.
CARLOS: Presume de conocer a las mujeres y en  realidad  no sabe nada. No sabe nada 
de nadie... Los tipos como usted me dan lástima.
BRINCO: (Mofándose.) ¡Un hombre feliz! Y yo pensando que lo había visto todo.
CARLOS: Usted no piensa. Solamente tiene dudas.
BRINCO: Eso es pensar.
CARLOS: ¡Eso es perder el tiempo!
BRINCO: ¿Cómo lo sabe?
CARLOS: Porque le conozco. No  sé  quién  es  pero  le  conozco.
BRINCO: ¿Ahora me psicoanaliza?
CARLOS: Disfruta con esto, ¿verdad?
BRINCO: ¿A qué se refiere?
CARLOS: Descargando  en  los  demás  sus  frustraciones. Usted  no  desea rehacer su
vida.
BRINCO: ¿Sin rehacer la ley primero?
CARLOS: ¿Por qué no busca un empleo?
BRINCO: ¡No puedo trabajar contratado!
CARLOS: Nadie va a obligarle a firmar ningún contrato.
BRINCO: ¿Eso cree?
CARLOS: Para trabajar no.
BRINCO: Es usted más cabrón de lo que presume.
CARLOS: Mírese, desgraciado, y perdone. Usted estuvo casado, era feliz. ¿Lo era, no?
BRINCO: Unos meses nada más.
CARLOS: (Resopla.) Era feliz, tenía un trabajo, una serie de responsabilidades.
         Comience de nuevo. Deje atrás su miseria y sea un hombre, un hombre nuevo.
BRINCO: Parece el eslogan de un puto anuncio de champú.
CARLOS: Actuar, actuar y no pensar tanto. Debería probarlo.
BRINCO: Esa es la filosofía que aplica a su trabajo, ¿no?
CARLOS: ¿Cómo dice?
BRINCO: No hablemos más de la recompensa.
CARLOS: Ya ha dado usted el primer paso.
BRINCO: Me siento mejor tras haberle conocido.
CARLOS: ¿Podemos quedar ahora?
BRINCO: Usted es juez.
CARLOS: ¿Perdone?
BRINCO: Juez.
CARLOS: ¿Piensa devolvérmelo o no?
BRINCO: El gato no.
CARLOS: ¡El gato es mío, joder!
BRINCO: Ya tiene a su mujer.
CARLOS: ¡También es suyo!
BRINCO: ¡Pues que se joda!
CARLOS: ¿Quién coño se ha creído qué es?
BRINCO: Comience de nuevo, dice -se oye una carcajada-. ¡Ese soy yo gracias a ti! ¡Un constante comienza de nuevo!
CARLOS: ¿Oiga? ¿Oiga? ¡Ha colgado el hijoputa!
BRINCO: A ti si que te tenían que colgar.
(Fin de la llamada)
CARLOS: Mejor no le digo nada a ella cuando llegue a casa. No me gustaría poner el último clavo a nuestra relación y quedarme como ese pobre cabrón... ¡Putas leyes!


                                      ….................................................



« última modificación: 15 Febrero, 2018, 12:12:22 pm por josé luis »

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En el 99 aún no había euros.  :birra:

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Malentendidos



   Hacía mucho tiempo que no entraba en una comisaría. Poco antes de pisarla, Raquel y yo estábamos en casa, viendo una película. La pantalla de mi móvil se iluminó. Hice una seña a mi mujer para que bajara el volumen del televisor, porque no conseguía enterarme de nada. Me cedió el mando malhumorada. Cuando terminé de hablar, estalló:
   -¡Tu puto hermano detenido! ¡Lo he oído todo!
   -¿Eh? -articulé medio atontado-. No ha querido decirme nada. Tengo que ir a comisaría para demostrar que es mi hermano, si no quiere pasar allí la noche.
   -¿Y te vas a presentar así en la comisaría?
   -¿Así cómo?
   -¡Mírate, por Dios! ¡Estás fumadísimo!
   -¿Y qué? -me encogí de hombros-.
   -¡Aquí no vengas con él! -chilló Raquel amenazante-.
   -Le acompaño a su casa y me quedo un rato para que me cuente qué ha pasado.
   -¡Eso te lo puede explicar en la calle, a su casa vas a fumar!
   -Me preocupo joder, amor. Quiero saber si puedo ayudarle. nada más. 
   -¡Está tarado por culpa de los porros, igual que tú!. Eso si no ha vuelto a beber.
   -Me voy.
  -¿Has cogido el carnet de identidad?
   -No.
   -¡Se te olvida todo, joder! ¿Cómo ibas a identificarte en comisaría?
Cogí el puto carnet y me acerqué para besarla. Retiró los labios de repente. Debido al impulso, estampé los míos contra su nariz.
     -¡Apestas a yerba! -movió los brazos en todas direcciones, frenética, parecía un ventilador-.
     -Luego te veo -acerté a decir mientras salía por la puerta-.

Mi hermano apenas habló del incidente cuando dejamos la comisaría y  nos fuimos  directamente hasta  su casa. Unos vecinos avisaron a la policía, aunque todavía no constaba denuncia contra él -resumió escueto-.
   -A ver si no hay nadie en el portal esperándome -susurró atemorizado poco antes de llegar -.
Paranoico como estaba a causa de la ingesta prolongada y compulsiva de maría, se negó a coger el ascensor y a encender las luces del portal. Me hizo subir a oscuras por las putas escaleras hasta el último piso, el octavo. Dentro ya de su casa, primero echó un vistazo a las habitaciones, temiendo encontrar no sé sabe qué o a quién. Algo más calmado, entró después en la cocina a preparar café. Yo me quedé esperando en el comedor. Había una cajita metálica de tabaco encima de la mesa. Me acerqué para ver si tenía algún cigarro, los míos los había olvidado en casa.
   -Son canutos -dijo mi hermano asomando la cabeza-. Enciende uno, anda.
Dejó la cafetera en una mesa baja, frente al sofá donde yo estaba sentado. Ocupó su sitio junto a mí y activó la televisión con el mando a distancia. Luego apagó el volumen.
    -¡La he cagado, tío! -gimió impotente-. ¡Por un puto malentendido la he cagado pero bien!
   -Si es un malentendido puede arreglarse -intenté calmarle-.
Señaló la puerta de su habitación con pesadumbre.
   -¿Por qué no vas y se lo explicas a ellos?
   -¿A quién? -miré un rato la puerta, como idiotizado-.
   -No sé cómo empezar, tío -se revolvió en el sofá-. Fue cuando rompí con Marta.
Asentí con la cabeza.
   -Hace mucho de eso -dije-. El año que dejé la Universidad... Aunque, si no recuerdo mal, fue ella quién te dejó a ti.
   -Por el rollo ese de que yo no quería tener hijos, gracias por recordármelo.
   -Y por el rollo de las fumadas -añadí-.
   -Entre eso y que detestaba mi puto trabajo de enterrador... Luego salió lo del ejército y las fuerzas especiales. No fue a verme al hospital ni un solo día. Y desde entonces no he conocido a nadie, tío.
   -¿Cómo qué no has conocido a nadie?
    -Quiero decir que no me he tirado a ninguna tía -esquivó mi mirada-.
Hice un cálculo mental aproximado:
   -¿Llevas 5 años sin follar? -inquirí sobresaltado-.
 Afirmó con la cabeza, entre rabioso y abatido.
   -¿Tres mil trescientos veinticinco días sin taladrar a ninguna puta tía? -insistí-.
   -Bueno, solo hace tres años que puedo caminar, y dos desde que mandé a tomar por culo las muletas.
   -¡Eso no es excusa válida en ningún lugar del mundo!
Señaló otra vez hacia la puerta.
   -Desde esa habitación veo a una mujer tender la ropa todos los sábados a la misma hora.
Tardé en reaccionar.
   -¿Es ella quién ha llamado a la policía? -pregunté inquieto-.
Volvió a mover la cabeza, esta vez mecánicamente, arriba y abajo, un par de veces.
    -¡No me jodas,  te estabas pajeando?
    -Lo que me acojona es que no ha creído que era por ella, sino por los niños que estaban jugando abajo, en la urbanización.
Guardé silencio, intentando encontrar una puta respuesta coherente:
   -Me parece que vas a tener que ir a verla -hablé al fin-. Te acompaño.
   -¿A la tía? Está casada -dijo con miedo-.
   -¿Y qué? Tienes que contarle la verdad para asegurarte que no te va a denunciar, al menos no por lo que ella cree que estabas haciendo.
   -Me presento en su casa y delante del marido le suelto que: “La única verdad, señora, es que me la estaba pelando mientras usted tendía la ropa”. ¿Esa mierda propones?
   -Eso, sí. O puede acusarte de lo que quiera, aunque no hubieses estado en casa en todo el puto día. Tienes que rebajarte. Si una mujer te denuncia, no basta con ser inocente, tienes que demostrarlo.
Me observó durante un rato y luego se levantó torpemente del sofá:
   -No puedo hacerlo...
   -¡Asume tu puta responsabilidad, tienes ya 40 tacos!
   -Esa frase es de tu mujer, tío.
Fumamos en silencio durante uno o dos minutos. Tal vez más.
   -Puede ser una cagada todavía mayor -empezó a decir-, pero se me acaba de ocurrir algo: podemos ir a su casa y presentarnos tal cual, como hermanos.
Me reí:
   -¿Y qué coño te he aconsejado yo antes?
  -Pero decimos que somos tres, que el pequeño no ha podido venir con nosotros porque se encuentra destrozado por lo ocurrido.
   -Espera un momento -le interrumpí-. ¿Un hermano imaginario quieres meter ahora en esta puta historia?
   -La tía me vio de lejos, es otro portal. No me conoce. En comisaria no hemos coincidido tampoco.
   -¿Y cuando la policía se presentó aquí?
   -Estaba yo sólo.
   -¿Seguro?
   -¡Sí, joder! ¿Por que dudas? -inquirió ofendido-.
   .¿Y si se escondía en algún sitio y tú no la viste? -insistí-.
   -¡Pero no querías que fuera a hablar con ella! -explotó-.
Empecé a reírme otra vez.
   -Te acompaño. Pero yo no hablo -conseguí decir-.
Señaló la cajita de metal.
   -¿Cogemos uno para el camino?

Dejamos el comedor atrás y nos adentramos en otro semejante, pero inodoro. Nos ofrecieron un par de sillas y los cuatro ocupamos una mesa rectangular dentro de la cocina de la casa. El hombre era más o menos de nuestra edad, aunque bastante más alto y más fuerte. Su mujer parecía más joven, o vete tú a saber, la cara no la tenía lavada precisamente. Vestía una camisa vaquera ajustada y se adivinaban unos pechos enormes tras ella. Miré a mi hermano y éste bajó la cabeza.
Habló primero el hombre:
  -Son ustedes policías, ha dicho -se dirigía a mi hermano-.
El puto gilipollas había inventado esa mierda de improviso y sin consultarme.
   -Si pensaban ustedes presentar una denuncia contra esa persona... -dijo mi hermano muy serio-. Ya no hace falta. Mi compañero y yo nos hemos ocupado del asunto.
   -¿De qué asunto habla? -preguntó extrañado el hombre-.
   -Del tipejo que detuvimos esta mañana por exhibicionismo.
La pareja intercambió una mirada.
   -Se han equivocado ustedes -dijo el hombre, mostrándose nervioso de repente-. Es la puerta de enfrente, la del A. Esto es el B.     
Un largo, penetrante y nauseabundo silencio invadió la cocina y se adueñó de todos nosotros.
   -¿Pero no es usted la mujer del incidente ocurrido esta mañana con un vecino del bloque de enfrente? -preguntó de pronto mi hermano en tono ofendido-.
Ella le miró, violentada. Tenía los brazos descansando encima de la mesa. Hundió la cabeza y buscó apoyo en ellos antes de esconder las manos entre su poblada melena.
   -Les agradecería -empezó a decir- que no mencionaran mi presencia en esta casa cuando entren a hablar con mi marido.
El tipo aquel había mudado de cara y ahora parecía deformada por la ira. Mi hermano y yo nos mirábamos una y otra vez, luchando por ocultar nuestro pánico.
Intervine al fin, vislumbrando entonces una puta salida a todo aquel maldito embrollo. Me dirigí a la mujer:
   -Nosotros no hablamos con su marido y usted se olvida de denunciar al pervertido ése -propuse-.
Dijo sí con la cabeza, sin meditarlo siquiera. Me levanté de la silla.
   -¡Nos vamos! -apremié intranquilo a mi hermano-.
De repente, me invadió la paranoia, otra vez. Presentí que algo malo iba a ocurrirnos antes de abandonar aquella casa. La buena yerba provocaba esos efectos, aunque saberlo no te libraba de sufrirlos, sobre todo si te encontrabas en el centro de una situación como aquella.
Mi hermano ya se había puesto en pie.
   -¡Ustedes no son policías! -gritó el hombre de improviso-.   
Ella alzó la cabeza y le miró sorprendida.
   -¡Han entrado en mi casa sin enseñarme ninguna identificación! -siguió berreando-. ¡Quiero ver sus placas!
   -Vámonos de aquí... -insistí a mi hermano, cogiéndole ahora por el brazo, pero sin saber realmente qué estaba haciendo-.
Salimos al pasillo, que se me antojó olímpico de largo que era el cabrón. Avanzamos hasta la salida. El tío venía detrás, pegado a nosotros. Conseguí abrír la puerta para salir. La mujer empezó a correr en nuestra dirección.
    -¡Tú eres el cabrón de esta mañana! -gritó con rabia a mi hermano mientras nos bloqueaba el paso-.
   -¿El de los niños? -preguntó iracundo el hombre mientras cerraba los puños y nos mataba con la mirada-.
   -¡Mi hermano estaba mirándola a usted, no a esos putos críos! -intercedí-.
   -¿Su hermano? -el hombre se tensaba más y más a cada momento- ¡Pero qué puta mierda de historia es esta! -explotó-.
   -¡Deja que se vayan! -ordenó la mujer encarándosele de repente y permitiendo a mi hermano y a mí salir por la puerta-.

Hasta que no pisamos la calle no abrimos la puta boca. Encendí el móvil y vi que aparecían 18 mensajes de mi mujer. Leí los 6 primeros y volví a apagarlo.

                                  …...............................................


       

 
   

   


   
   
« última modificación: 15 Febrero, 2018, 12:14:31 pm por josé luis »

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sábado a la noche




Había quedado el sábado por la noche en casa de mi hermano, aprovechando que Raquel, mi mujer, estaba en el pueblo visitando a sus padres. Asumí que estaría él solo, pero al llegar me encontré también a un anciano en silla de ruedas dormido en medio del salón.
    -¿Quién es? -pregunté sobresaltado-.
   -No hace falta que susurres, está sedado. Además es sordo. Es un vecino.
   -¿Y qué coño hace aquí?
   -La tía que lo cuida necesitaba que alguien se quedara con él media hora.
   -Te la habrá chupado al menos.
   -Estaba muy fumado... Cuando he querido reaccionar, el viejo ya estaba dentro. ¡Ni siquiera les conozco y le he dicho que sí! -gimió desesperado-.
Me senté en el sofá y encendí un cigarro de yerba. Le di un par de caladas y se lo pasé a mi hermano.
   -Nací gilipollas, lo reconozco -continuó lamentándose-.
Señalé al anciano:
     -¡Parece feliz el tío! -exclamé sonriendo-.
     -Son las pastillas -aclaró mi hermano-.
     -No te lo he querido decir antes... El otro día dejé el trabajo.
    -¿Te das cuenta a lo que te tienes que enfrentar cuando vives solo? -continuó hablando sin prestarme atención-. Nada más llegar aquí me obligaron a pintarla de amarillo -señaló la  puerta  de  entrada-. Y un año después, la única puerta amarilla de todo el bloque es la mía. ¡Ahora todas son marrones!
     -¿Pero no era marrón antes de pintarla de amarillo?
     -¡A eso me refiero! Ahora dicen que destaca y que parece un trastero.
Miré al anciano otra vez:
     -¿Crees que nosotros terminaremos así? -señalé con la cabeza hacia él-.
     -¿En casa del vecino?
     -Aunque a ti al final no te ha ido mal. Una lesión de rodilla al año de hacerte fijo y se acabó trabajar.
     -Eso sí es verdad -dijo, mientras expulsaba una gran nube de humo por la boca-.

Mi hermano trabajaba en las fuerzas especiales del ejército cuando ocurrió el accidente. El fallo de su paracaídas en un entrenamiento hizo que besara el suelo antes de tiempo. Pasó más de 2 años escayolado desde el cuello hasta los tobillos. Hacían falta dos personas para poder levantarlo de la cama. Cuando al fin rompieron esa puta armadura enyesada, pasó varias semanas aprendiendo otra vez a andar. No abandonó las muletas hasta después de otro año. A pesar de todo, y excepto por una rodilla, apenas sufre secuelas. O no se entera a consecuencia del THC de la yerba...
Escuchamos de pronto un golpe brutal en la puerta de casa, como si alguien hubiera llamado embistiendo con la cabeza. Nos pusimos en pie y avanzamos temerosos hasta la entrada. Mi hermano observó por la mirilla y sin consultarme abrió la puerta. Era un tipo de nuestra edad, más o menos. Por como nos miraba, me pareció borracho o trastornado.
   -Es el vecino de abajo -me tranquilizó-. ¡Tienes que bajar un piso! -le explicó mi hermano mientras apuntaba la mano contra el suelo-.
   -¡Me cago en mi puta vida! -se disculpó enfadado-.   
Sudoroso y con una hostia considerable en mitad de la frente, así posaba frente a nosotros.  Todavía permaneció un rato más sin apartar su vidriosa mirada de nosotros.  Mi hermano cerró la puerta cuando desapareció de nuestra vista. Aún así, volvió a echar un vistazo por la mirilla antes de sentarse en el sofá.
   -¡La tercera vez que se equivoca! -se quejó-. Está alcoholizado. Para colmo, es dueño del bar que hay aquí al lado. Ha despedido al único empleado que tenía y se ha quedado solo el pobre cabrón... Cuando bebía fui varias veces a su garito y alguna terminamos contándonos nuestras putas vidas. Por aquel entonces le iba bien: gastaba mucho, ganaba más y trabajaba lo justo. Llegó a tener 3 empleados. ¡Y eso que el local es un puto zulo! Ahora debe mucha pasta, a proveedores y más gente. Ya ni le despachan. ¡Tiene que ir al super a comprar las bebidas!
El plazo dado de 30 minutos había llegado a su fin. Aún así, pasaron dos horas más y seguíamos sin saber nada de la mujer. El anciano parecía congelado, detenido en el tiempo.
     -¡Vaya dosis le han metido! -exclamé-.
    -Voy a despertarle para que me diga donde puedo localizar a esa fulana -habló mi hermano en tono crispado mientras se levantaba del sofá-.
     -¿Por que no vamos primero a su piso y llamamos?
    -¡Te he dicho antes que no los he visto nunca. No sé en qué puto piso viven!
Contuvo la rabia y zarandeó al anciano con suavidad. Repitió el proceso más de una docena de veces. Sin embargo, éste no movió una sola pestaña. Optó entonces, a sugerencia mía, darle unos cachetes en la cara. Intentó hacerlo con cuidado otra vez, pero finalmente tuvo que dejarlo porque las mejillas del viejo empezaban a colorear debido a la insistencia. Viendo que no lo conseguía, acerqué el canuto de yerba hasta su nariz, esperando que el humo le devolviera al tiempo presente.
     -¡Está más drogado que nosotros! -se quejó mi hermano-. ¿Qué coño hacemos?
     -Registrarle -propuse-.
     -¿Robar en mi propia casa?
     -Para ver si tiene alguna documentación -aclaré-.
Aceptó a regañadientes.
     -No es mala idea -dijo con desánimo-. ¡Solo espero que no se despierte mientras lo hago, joder!
Tras registrarle 3 ó 4 veces, llegamos a la triste conclusión de que el viejo no llevaba encima absolutamente nada. Continuamos bebiendo café y fumando yerba, pero ahora con más ansia y desesperación, buscando respuestas a una situación que amenazaba con dinamitar nuestra ya innata paranoia. Entonces, aporrearon la puerta y llamaron al timbre, todo al mismo tiempo.
   -¡Otra vez tu vecino! -me reí al recordarlo-.
Llamaron de nuevo. Mi hermano fue hasta la puerta y acercó un ojo a la mirilla.
   -¡La policía! -dijo a media voz sin dejar de mirarme, asustado-.
Volvieron a llamar con más insistencia. Abrió la puerta. Cuatro policías y cuatro enfermeros aparecieron ante nuestros ojos.
   -¡Esto apesta a Marihuana, señores! ¡Abran las ventanas! -se presentó uno de los agentes-.
Los enfermeros se acercaron al anciano y empezaron a tomarle el pulso. Enfocaron una luz a sus ojos. Un instante después certificaron su muerte.
   -Probablemente lleve así 24 o más horas -comentó uno de los sanitarios a un policía-. Mire sus labios amoratados.
   -¿Solo tienen esos 2 porros? -preguntó un policía señalando la lata de tabaco que estaba encima de la mesa-. ¿No hay más marihuana escondida por ahí? -abarcó toda la casa con la mirada-.
   -Y uno que hemos fumado antes -dije con cara de pena-.
  -¿Uno? ¡Olía a yerba desde el tercer piso, señores, y estamos en un octavo!
Otro policía se le unió.
   -¿Han estado ustedes registrando al muerto? 
Un tercero formó grupo y tomó la palabra antes de que pudiésemos responder.
   -¡A estos dos los he visto yo hace poco en comisaría por un tema de exhibicionismo! -medio gritó-.
Nos detuvieron. Hasta pasadas más de 3 horas, no nos permitieron salir de comisaría. La única información que recibimos antes de echarnos a la calle y sin cargos fue que la mujer estaba detenida y que había largado lo suficiente como para devolvernos a la realidad.
Los dos petardos que había en la caja de tabaco ya no estaban. Pasaron por alto el tema y solo nos advirtieron. Esperamos ansiosos los días siguientes para ver publicada la noticia. Al principio, los datos fueron muy escuetos, sólo que había sido encontrado el cuerpo de un hombre fallecido 24 horas antes y que una persona estaba detenida. Pasamos el tiempo la mar de entretenidos durante una semana con la información que iba apareciendo en internet.
   -Acusada de encubrimiento -dijo mi hermano saliendo de la cocina con una jarra de café-.
   -¡El vejete estaba en busca y captura desde hace años por matar a un vecino de una paliza!
   -Imagina que se hubiese despertado mientras le estaba registrando -rellenó los vasos-.
Encendí otro petardo.
   -¿Y tuvo la sangre fría de esperar con el fiambre un día entero para después intentar hacerlo desaparecer ella misma? -preguntó mi hermano retóricamente-.
   -Sangre fría... Yo diría que estaba cagada y que no quería ir a la cárcel.
   -Qué putada que se le jodiera el coche al poco de arrancar... Y para rematarlo, volvió hasta aquí otra vez cargada con el viejo. No pudo meterlo en su casa porque había olvidado las llaves dentro... Te cagas.
   -Se lo tiraba.
   -Y él a ella. El hijoputa no era paralítico. La silla de ruedas la guardaban de un accidente anterior o algo así -empezó a reírse.-
   -La tía se bloqueó y llamó a tu puerta, pero fuiste el primer idiota que accedió, Según la policía, se lo pidió a 15 vecinos antes que a ti.
   -Soy buena persona, eso es todo.
   -Harías cualquier cosa por echar un polvo.
   -Lo pensé, sí.
   -Supongo que la hubieran pillado igual, pero que una patrulla de tráfico la identificara por tener abajo el coche mal aparcado...
   -Es para volver a sacarse el carné, sí.

                                         …............................................
   

   


   




 
« última modificación: 15 Febrero, 2018, 12:13:53 pm por josé luis »

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Brinco



   Se cumplían 10 años de la muerte de nuestro amigo. Mi hermano y yo quedamos ese día en su casa para recordar a Brinco, las movidas que sufrió y que padecimos también aquellos que le tratamos. Raquel, mi mujer, no se tomó demasiado bien que pasara la noche fuera de casa:
   -¡Tú y tu puto hermano otra vez!
   -Es un pequeño homenaje a Brinco, mujer.
   -¡Homenaje dice! ¡Putos fumetas de mierda!

Su verdadero nombre era Alberto. Le chiflaba el cine del oeste y una película en particular: “Bronco Billy”. Y hasta que murió, así le llamamos cariñosamente, sustituyendo un par de letras nada más, en homenaje a una deformidad que tenía en los pies y que le obligaba a saltar y no a andar si lo que quería era desplazarse.
   -¿Brinco?  -aceptó asqueado mientras nos hacía una peineta con cada mano-.
Nos conocimos en unos recreativos de máquinas arcade, de esos que tanto proliferaban en los 80,  donde pasábamos más horas que en cualquier otra parte, incluida nuestra casa. La puta nostalgia convenció a mi hermano para que se comprara muchos años después una “Space Invaders” original, la primera de todas las arcade.
   -Por aquel entonces -dije a mi hermano-, ya trapicheaba con hachís. ¿Cuántos años tenía?
Se tomó su tiempo para pensarlo.
   -Yo repetí dos cursos, cuarto y quinto -recordó al fin-. En octavo yo tenía 13 años de mierda. A Brinco le habían expulsado de otro colegio porque repitió 3 veces y ya no se podía más. Creo que hasta repitió 1ª de EGB, caso único en España, supongo. Por aquello del accidente que tuvieron sus viejos. Su padre fue a adelantar un camión y venía un coche de frente. No le dio tiempo a frenar. Prefirió meterse debajo del camión, que era un trailer cargado de coches, antes de que el otro le embistiera... 
   -Los coches que cargaba el camión eran iguales que el que conducía el padre, creo.
   -No, no inventes, tío. ¿De dónde coño has sacado esa chorrada?
   -Menos mal que Brinco no viajaba con ellos...
Mi hermano asintió.
   -La parte del copiloto y la de detrás quedaron destrozadas -continuó-. La madre estuvo muy jodida durante varios años. Y del cabrón de Brinco no hubiera quedado ni el recuerdo. Se largó a vivir con una tía suya a un pueblo, hasta que el viejo fue a buscarle varias semanas después. Lo creas o no, estoy escribiendo un relato contando esa historia.
    -No habíamos fumado un petardo o bebido una litrona hasta que él nos invitó -dije-. Era el único de los tres que tenía pasta.
   -Era muy generoso.
Asentí con la cabeza:
   -Hasta que su padre le fracturó la mandíbula -dije-.
   -Estuvo un año entero sin vocalizar como es debido.
   -¡Yo no le entendía una mierda! -exclamé riendo-.
   -Parecía un puto yonqui hablando.
   -El padre quiso redimirse y a los 18 le enchufó para vender cupones de lotería.
Mi hermano, al recordarlo, sonrió y se llevó una mano a la cabeza, como si le doliera. Casi se quema el pelo con el canuto.
   -¡Duró 3 ó 4 meses nada más! -resopló riendo-. Hasta que ya no pudieron soportarlo y a la puta calle.
   -Inventaba cualquier embuste el hijoputa para no ir a currar -seguí recordando-. El primer premio, seguiendo con los ciegos, se lo lleva el día que se puso hasta arriba de todo y llamó a su jefe desde un bar a las 8 de la mañana para  explicarle entre sollozos que no podía ir a recoger los cupones porque sus padres acababan de morir en un accidente de tráfico. Calcinados, dijo.
   Mi hermano resopló:
   -¡Aquello fue muy fuerte!
   -Lo que tardó la puta noticia en extenderse por el barrio... Sus padres estaban de viaje y aparecieron ese mismo día, al caer la tarde.
   -Los que ya tenían asumida la muerte, flipaban al verlos otra vez por allí.
   -El muy cabrón revolucionó el barrio. Querían lincharle, literalmente.
   -Salvó el culo gracias a la intervención de sus padres -siguió mi hermano-. Faltó muy poco. Yo creí que le hostiaban, te lo juro, que de esa puta turba no salía.
   -Estuvo varias semanas sin atreverse a pisar la calle -me reí-. Eramos los únicos que íbamos a verle.   
   -Y dos años después volvió a cagarla pero bien -continuó mi hermano-. Un fin de semana que sus padres no estaban en casa empezó a decir que por culpa del alcohol se hizo amigo de un tío, y éste le contó que vivía en un pueblo cerca de aquí y no podía irse porque se le había jodido el coche.
   -Y se lo llevó a dormir a su casa -le pisé la historia a mi hermano-. Y cuando se levantó al día siguiente, faltaban cosas de oro de sus padres y otros objetos de valor.
Empecé a reírme otra vez:
   -Y luego descubrimos que el otro fulano no existía, que todo era mentira, había sido él quién había robado en su propia casa.
   -¡Hizo ir a sus padres al pueblo del tío que había inventado para ver si le encontraban!
   -El cabrón también choriceó ese día un radio-casete grande que tenía el hermano de 10 años en su habitación.
   -¡Y el vídeo que acababa de comprar su padre!
   -Todavía le decía al hermano: “¡Fue por la única cosa que me enfrenté a ese tío, por tu radio-casete!”.
   -Esa historia la cambiaba cuando le venía en gana. También decía que el tío ya se iba por la puerta y que entonces se arrodilló y le pidió disculpas aduciendo que era pobre.
   -Ahí fue cuando le echaron de casa.
   -No. De casa le largaron poco tiempo después... ¿No te acuerdas? Por culpa de la borrachera aquella, cuando se equivocó  y se metió en el unifamiliar de al lado.
   -¡Hostia, es verdad! ¡Si apareció en los periódicos y todo!
   -Menos mal que no existía internet ni ninguna puta mierda de las de ahora -dije-.
   -La chusma le hubiera crucificado, sí.
   -Esas casas eran todos iguales -seguí con la historia-. El cabrón había perdido las llaves y no quería que sus padres, después de robarles hacía poco, le encontraran en ese estado, así que prefirió no pulsar el timbre.  Vio una ventana abierta en la planta baja y se coló por ella. Nosotros nos fuimos a dormir sin enterarnos tampoco que aquella no era su casa.
   -Decía que entró en “su” habitación y directamente se tiró en la cama -continuó mi hermano-.  Entonces se percató que no estaba solo, que había gente durmiendo en ella.
   -Un tío y una tía.
   -¡Y quería echar a la pareja de su propia casa! ¡Estaba convencido de que los intrusos eran ellos!
   -Por eso cuando apareció la policía les dijo que se llevaran inmediatamente a aquellos dos cabrones que había encontrado durmiendo en su cama.
   -Fue culpa del ácido, el muy cabrón estaba alucinando.
   -El padre gastó mucho dinero pagando la denuncia. También le acusaron de haber estado discutiendo violentamente con la pareja. Hasta que la mujer corrió a esconderse y desde el servicio pudo llamar a la  policía.
   -Le dijo a Brinco que se largara de casa y no volviera.
   -Pero al cabo de un mes, gracias a su madre, regresó al hogar, para desesperación de su viejo.
   -Yo dejé los ácidos un fin de semana que fui con Raquel a la casa que teníamos en el pueblo.
   -Escuchaste una voz  en el cuarto de baño y luego en la habitación donde estabais. Me has contado esa puta historia un millón de veces.
   -No puedo evitarlo.
   -Para mí, la mejor historia de Brinco como protagonista sigue siendo la del puto gato y el móvil que robó a la mujer del juez. He escuchado esa grabación la hostia de veces y no me canso. Y todo por un pariente suyo que se había divorciado y vivía desde entonces en la puta ruina.
   -Esa cinta es genial -empecé a reir yo también-. ¿Cómo cojones se le ocurriría al jodido loco grabarlo todo?
Posé la mirada en la pantalla apagada del televisor.
   -¡Podemos ver ahora la película! -propuse-.
   -¿Bronco Billy?
Dije sí con la cabeza.
   -Sólo tengo una copia de mierda de hace 30 años en VHS. Pero sin vídeo...
   -¿VHS?
   -Guardo algunas películas, me da palo deshacerme de ellas.
Encendió el televisor con el mando a distancia y bajó el volumen hasta el número cero.
   -Todo salió mal la última vez que nos vimos -dijo-. ¿Por qué cojones no nos diría nada? Intenté quitarme la puta vida arrojándome desde un décimo piso.
Guardamos silencio durante un rato.
   -Yo también lo pasé jodidamente mal -hablé mientras revivía el momento-. Al día siguiente de ingerir el ácido, me atacaron las mismas alucinaciones que a ti. No me separé del balcón de casa hasta que no aparecieron papá y mamá.

Brinco llevaba consumiendo ácidos desde hacía casi una década. Era Domingo y en el barrio organizaban una fiesta. Yo tenía que ir a trabajar al día siguiente y no quería pasarme  ni bebiendo ni fumando, en especial lo primero.  Y medio cumplí, porque no llegué a casa demasiado ido, así que a la mañana siguiente conseguí despertarme... Brinco fue el único de nosotros tres que tomó el ácido voluntariamente, porque a mi hermano y a mí nos lo coló en la bebida sin que nos enteráramos, de ahí que al día siguiente nos preguntásemos de dónde cojones salían aquellas ratas y arañas gigantes.
   -Lo que me duele de verdad es que no estemos aquí los tres ahora mismo -dijo mi hermano-.
Acercamos nuestros vasos y brindamos.
Brinco acabó ingresado en un hospital la misma noche que casi echamos a volar mi hermano y yo. Murió al día siguiente, por la mañana, de un ataque al corazón. Hasta que no le hicieron la autopsia, no supimos con certeza qué coño nos había pasado a nosotros. Su padre telefoneó para decir que no fuéramos al entierro de su hijo. ¡O nos enterraría con él!
    -Voy a buscar la grabación del gato -dijo mi hermano-.

                                      …...............................................
   
 
« última modificación: 15 Febrero, 2018, 12:15:44 pm por josé luis »

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Leídos. Al principio estaba algo despistado pero luego va encajando todo.


A mí me han gustado y me parece que el interés sube a partir del relato del gato.

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